El sábado había llegado envuelto en una calma engañosa.
Nyra seguía dormida, enroscada entre las sábanas como un cachorro satisfecho, ajena al mundo y a todo lo que latía fuera de su habitación. Lysandra, en cambio, no había logrado quedarse quieta. Desde temprano había buscado excusas para mantenerse ocupada lejos de la casa, y la huerta de la mansión le ofrecía ese refugio silencioso que tanto necesitaba.
La tierra húmeda bajo sus dedos la anclaba. Arrancar malezas, revisar brotes, enderezar