El sábado había llegado envuelto en una calma engañosa.
Nyra seguía dormida, enroscada entre las sábanas como un cachorro satisfecho, ajena al mundo y a todo lo que latía fuera de su habitación. Lysandra, en cambio, no había logrado quedarse quieta. Desde temprano había buscado excusas para mantenerse ocupada lejos de la casa, y la huerta de la mansión le ofrecía ese refugio silencioso que tanto necesitaba.
La tierra húmeda bajo sus dedos la anclaba. Arrancar malezas, revisar brotes, enderezar tallos jóvenes… todo eso le daba una sensación de control que no encontraba en ningún otro sitio.
Fue entonces cuando lo sintió.
No un sonido, no un movimiento. Una presencia.
Lysandra se incorporó lentamente, limpiándose las manos en el delantal, y al girar se encontró con una mujer que no había escuchado llegar. Era alta, esbelta, con el cabello rubio cayendo en ondas cuidadas sobre sus hombros y unos ojos verde esmeralda tan intensos que parecían atravesarla.
La desconocida sonrió con una cor