BIANCA
Despertamos con la noticia sin previo aviso, como si la realidad hubiera decidido irrumpir sin pedir permiso. No fue una llamada ni un rumor a medio confirmar. Fue la televisión encendida, hablando con una frialdad que me heló la sangre.
El cuerpo de Carla había sido encontrado.
Cuatro impactos de bala. En un barrio marginal a las afueras de la ciudad. Un supuesto robo. Pertenencias desaparecidas. Ningún responsable identificado.
Eso era todo lo que se sabía. Y, aun así, sentí cómo algo se quebraba dentro de mí.
No me llevaba bien con ella. Nunca lo hice. Pero escuchar que había muerto de esa forma, tan violenta, tan definitiva, me provocó un nudo en el estómago que no supe cómo desatar. No era pena. No era culpa. Era otra cosa.
Miedo.
Porque esto ya no sonaba a consecuencia ni a casualidad. Sonaba a advertencia. A un mensaje lanzado al aire para quien supiera leer entre líneas.
Aurora estaba a mi lado, inmóvil, con el rostro pálido y la mirada fija en la pantalla. Yo apenas re