El eco en la piel
El pueblo estaba en silencio cuando llegaron. La niebla del amanecer cubría las calles como un sudario, y los pocos habitantes que madrugaban se detuvieron a observarlos con recelo. Clara, con Isla en brazos, parecía una madre rota que cargaba a una hija enferma; Alexander sostenía su peso como podía, con el cuerpo rígido de dolor, y Brígida, cubierta de polvo y lágrimas secas, caminaba detrás con pasos inseguros.
Nadie preguntó nada. Era como si el pueblo hubiera sentido la o