El silencio posterior al susurro de Isla fue tan insoportable que Clara sintió que la sangre en sus venas se había detenido. Brígida, temblando, se aferró a su brazo, mientras Alexander intentaba hacer funcionar la linterna sin éxito. Méndez, en cambio, permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la oscuridad, como si aquel murmullo infantil lo hubiese atravesado por dentro y hubiera dejado en él una rendija por donde se colaba la culpa.
De repente, las luces del pasillo parpadearon con violen