En uno de los edificios más altos de Nueva York, muy lejos de la Ciudad de México, Lucrecia Montemayor miraba la taza de café que se había preparado desde que llegó. Su mente se encontraba enfocada en la conversación que acababa de tener con su hermano.
—Hermosa, ¿qué tienes? No has probado tu café y, para estas horas, ya deberías ir por la tercera taza. ¿Alguien murió?
—¡Ojalá que no! ¡Estoy preocupada! —expresó la mujer observando a aquel atractivo hombre que había entrado a su oficina.
—Hmm…