La niebla espesa de las primeras horas de la madrugada cubría los campos cercanos a la abadía de Couenelles, envolviendo las pequeñas chozas de los campesinos como si el cielo mismo intentara esconder lo que allí ocurría. Entre esas chozas, había una en particular —una casa de piedra con techo de madera vieja y hiedra trepando por sus muros—, situada al borde del bosque de Saint-Benoît, a unos pocos kilómetros del muro trasero de la abadía.
En su interior, iluminados por una lámpara de aceite y