Los rayos del sol del alba se filtraban por la ventana y el viento murmuraba entre los árboles como un canto suave del cielo, mientras dentro, sobre el lecho improvisado junto a la chimenea, dos cuerpos yacían entrelazados bajo una manta, aún abrazados por el recuerdo de una noche que no fue sino un acto de amor sin ataduras ni votos.
Eira abrió los ojos despacio, sintiendo el calor de Entienne pegado a su espalda. Su respiración era calma, acompasada. Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios