La lluvia había amainado, pero el viento seguía gimiendo entre los muros antiguos de la abadía de Couenelles, como si la piedra intentara advertir que las raíces del pecado aún estaban vivas bajo sus cimientos. Entienne avanzaba con pasos medidos por el ala oeste, oculto entre las sombras. Su misión secreta no era una pesquisa entre códices ni un desciframiento de símbolos ocultos.
Era una confrontación.
Una que llevaba semanas gestándose en el silencio de los vitrales, en la forma en que los n