—Buenos días, señor Blackwood… —La voz de Luna sonaba firme, pero con un toque de nerviosismo. Sostuvo el teléfono con ambas manos mientras caminaba de un lado a otro dentro de su oficina; sus tacones resonaban suavemente contra el mármol pulido—. Disculpe que lo llame, espero que no se moleste por eso…
Del otro lado de la línea, Damian estaba en su oficina, de pie junto a la ventana, con la mirada fija en el horizonte. El cielo estaba nublado y su reflejo se mezclaba con las sombras del vidrio