La mañana siguiente llegó con una neblina suave que abrazaba las torres del castillo. Fiel a su palabra, Elara subió los peldaños de piedra de la muralla norte antes de que el sol terminara de romper el horizonte. El frío le calaba los huesos, pero la expectación la mantenía erguida.
Allí estaba él. Rhevan no llevaba su armadura completa, solo una túnica de cuero oscuro que resaltaba su imponente estatura. Observaba el valle con las manos entrelazadas a la espalda, una postura de vigilancia que