Elara sintió que un nudo de emoción se le formaba en la garganta. Dio un paso tímido hacia la gran mesa de roble y, por primera vez, no sintió el peso de las miradas como una amenaza, sino como una bienvenida. Se sentó al lado de Aylén, quien de inmediato le acercó un plato con frutas frescas y pan recién horneado.
—Gracias, Kael... Majestad —corrigió Elara en un susurro, aún acostumbrándose a la nueva dinámica.
—Solo Kael cuando estemos en familia —respondió él, con un tono sorprendentemente c