Aylén sintió un leve malestar a medida que subía las escaleras de caracol. Era una náusea ligera, un mareo que le hacía sentir que los peldaños de piedra se movían bajo sus pies. Solo quería llegar a sus aposentos, dejarse caer en la cama y dejar de pensar en todo lo que había ocurrido; en cómo su vida se había transformado en una espiral de sombras en apenas dos malditos días.
Abrió la pesada puerta de madera y se detuvo. Kael estaba allí, de pie frente a la ventana con las manos en los bolsil