La jefa de llaves, una mujer de facciones endurecidas llamada **Charlene**, las observó con un desprecio mal disimulado. No había rastro de compasión en su mirada.
—A la cocina —ordenó **Charlene**, señalando un caldero humeante—. Hay que fregar los platos del desayuno real. Y quiero que brillen. Si encuentro una sola mancha, volverán a empezar de cero.
Elara se acercó al fregadero de piedra. El agua estaba casi hirviendo y el jabón de sosa comenzó a quemarle las pequeñas grietas de las manos,