La habitación estaba sumida en un silencio apenas roto por el susurro de sus respiraciones. Aylén se recostó sobre las sábanas de seda, la tela fría contrastando con el calor que emanaba de su piel. Kael se acercó a la cama, sus movimientos fluidos y seguros a pesar de la oscuridad que lo envolvía.
–Te oigo, luna mía,– susurró, sus manos encontrando sus tobillos y deslizándose lentamente hacia arriba por sus piernas. –Tu corazón late deprisa.
Aylén se estremeció cuando sus dedos la rozaron,