Elara entró en la cabaña que compartía con sus padres, aquel espacio que alguna vez también fue el hogar de Aylén. El ambiente estaba saturado por el estruendo del martillo de su padre, Enos, quien golpeaba con saña un trozo de madera sobre la mesa de trabajo. A pesar del ruido, el portazo que dio Elara al entrar resonó con la suficiente fuerza como para que su madre se asomara desde la cocina.
—¿Se puede saber en dónde estuviste todo el día, Elara? —gritó la mujer, con la voz cargada de reproc