Avanzaron por los pasillos del palacio en silencio, escoltados a prudente distancia. Aylén caminaba con pasos cuidadosos, tratando de no perder el equilibrio ni la compostura, aunque por dentro todo era un torbellino. Las paredes altas, las lámparas encendidas incluso a esa hora, los tapices con símbolos antiguos… todo la hacía sentir pequeña, como si hubiera entrado en un mundo que no había sido hecho para alguien como ella.
Kael se detuvo finalmente frente a una galería amplia, abierta a un patio interior donde el agua de una fuente caía con un murmullo constante. El sonido la tranquilizó un poco. Él soltó su brazo con suavidad, sin brusquedad, como si fuera consciente de que cada gesto suyo podía pesar más de la cuenta.
—Aylén —dijo entonces.
Ella levantó la mirada, nerviosa, y se obligó a sostenerla en su dirección aunque supiera que él no la veía de la forma habitual. Aun así, sentía esa extraña certeza de que no necesitaba hacerlo.
—Durante los próximos días —continuó Kael, con