Elara no podía apartar la mirada de su amado. Jarek yacía allí, todavía débil, con la piel pálida, pero sus ojos comenzaron a abrirse lentamente, iluminándose con vida.
Ella corrió hacia él con el corazón desbordado de esperanza, temblando de emoción mientras acariciaba con ternura su rostro marcado por el sufrimiento.
—¡Jarek, despertaste! —exclamó, su voz entrecortada por el llanto.
Él la miró con una sonrisa débil, pero llena de amor y gratitud.
—Desperté, mi amor —susurró con voz ronca—. Tod