Eyssa no perdió un segundo. Llamó a su séquito de guardias con la voz de quien no acepta la injusticia; no pidió permiso, ordenó.
En cuestión de minutos, la pequeña comitiva se transformó: hombres y mujeres que amaban a su manada se fundieron en bestias, sus cuerpos cambiaron con el sonido de antiguos aullidos, y en esa forma lobuna partieron como una flecha hacia el castillo del rey Alfa.
La noche los envolvió, y sus huellas dejaron un rastro que olía a furia y lealtad.
El camino hacia el palac