Al día siguiente, Jarek se despertó antes del amanecer.
Sus pensamientos giraban sin cesar en torno a Alessia, a la decisión que debía tomar como rey y Alfa de la manada. Cada respiración era pesada, cada latido un recordatorio de la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros.
La incertidumbre le carcomía, y una parte de él temía no estar preparado para lo que vendría.
De repente, uno de sus guardias irrumpió en la habitación, con la voz temblorosa pero firme:
—Su majestad… el rey del Norte h