Heller despertó con un sobresalto, como si su propio cuerpo hubiera sido arrancado de un sueño inquietante.
El corazón le martillaba en el pecho, la respiración entrecortada.
Al abrir los ojos, por un instante no supo dónde estaba, hasta que giró la cabeza y la vio.
A su lado, entre las sábanas revueltas, la loba Irina despertaba lentamente.
Su cabello caía desordenado sobre los hombros, y sus ojos reflejaban una mezcla de ternura y miedo. Heller, al darse cuenta de su desnudez, se apresuró a cu