Lucien cargó a Alessia con el corazón en un puño. Su cuerpo apenas pesaba entre sus brazos, como si su esencia se desvaneciera poco a poco. Su piel estaba helada, demasiado pálida, y su respiración era apenas un suspiro.
—¡Aguanta, Alessia! —murmuró con la voz quebrada mientras corría por los pasillos del palacio.
Syrah se quedó atrás, junto a Jarek, que seguía inconsciente, herido. Elara no lo pensó dos veces: corrió tras su hija, con el corazón, latiéndole en los oídos, como si ya presintiera