Al día siguiente, la luz del amanecer bañaba los muros de piedra del palacio.
Eyssa despertó lentamente, con el corazón acelerado, como si su loba interior presintiera que los días de calma estaban a punto de terminar.
Aun con el cabello suelto y los ojos brillantes de expectación, recibió la visita de su padre, el gran Alfa Lucien.
El imponente alfa Lucien, que rara vez mostraba debilidad, la miró con una ternura que reservaba solo para ella.
—Hija —dijo, con voz grave y cargada de emoción contenida—, mañana mismo vendrán todos para la ceremonia. Tu madre está feliz, pero también angustiada. Y tu abuela… tu abuela muere por verte convertida en lo que siempre debiste ser.
Eyssa sonrió con dulzura, aunque su pecho se encogió con un extraño presentimiento.
—Las espero con mucha ilusión, padre. Voy a estar bien, lo sé. Tal vez… mi loba no sea dorada como la mi madre, pero es fuerte, y yo aprenderé a guiarla.
Lucien negó suavemente y posó un beso en la frente de su hija. Su mirada tenía la