Cuando Elara regresó a la habitación de su esposo, sus pasos eran torpes, casi temblorosos.
La furia que había sentido minutos antes comenzaba a ceder, pero en su pecho se acumulaba un dolor sofocante.
Cambió a su forma humana con un destello de luz dorada y se cubrió con una bata ligera, que no conseguía detener el temblor que recorría su cuerpo.
Alzó la vista, y al ver a Jarek, tendido, inmóvil, su corazón pareció partirse en mil fragmentos.
Se acercó lentamente, como si tuviera miedo de que é