Elara y Jarek permanecieron así, entrelazados, anudados con una intimidad que trascendía lo físico.
El calor de sus cuerpos aún palpitaba entre las sábanas revueltas, pero ya no se trataba solo del deseo salvaje que antes los empujaba.
No… ahora había algo más profundo, más sagrado.
Jarek la observaba con una intensidad distinta. Sus ojos, antes encendidos por la lujuria y el instinto de mando propio de un alfa, ahora brillaban con una luz serena, cargada de afecto.
No había ansias de dominarla,