Los guardias quedaron paralizados, sin atreverse a detenerla ni a cuestionar su entrada.
—Rey Jarek… yo… —su voz tembló, pero no se detuvo.
Elara dio un paso al frente, tocó su pecho con una mano temblorosa, y de pronto vio a aquella mujer desnuda sobre la cama.
Una punzada de dolor la atravesó como una lanza ardiente.
Su loba, Esla, aulló con furia, una furia salvaje y desatada.
—¡Lo mataré! —rugió la loba dentro de ella, con un rugido tan fuerte que parecía romper el silencio de la noche.
—¿Qu