Cuando Elara comprendió que no tendría el más mínimo control sobre lo que estaba a punto de suceder, que ese lobo a su lado —ese beta aparentemente leal— también podía perder la razón y dejarse arrastrar por el instinto más primitivo, el miedo le atravesó el pecho como una lanza helada.
Sin pensarlo, abrió la puerta del auto de un golpe, aun con el motor encendido, y salió corriendo como si su vida dependiera de ello… porque lo hacía.
—¡Beta Thornen, aléjese de mí! —gritó, su voz quebrada por la