Sylas se detuvo.
La espada temblaba en su puño.
—¿Qué estás diciendo? —susurró, su voz más peligrosa que un grito.
—¡Ella es la culpable! —insistió el hombre, mirando de reojo a Idaly—. ¡Todo fue por ella! ¡Rhyssa era solo una víctima más! Nosotros… no tuvimos elección.
Sylas no respondió de inmediato. Solo miró a cada uno, uno por uno, como si pudiera arrancar la verdad con la mirada.
Y entonces, sin decir una palabra más, salió de la celda, la puerta retumbando al cerrarse tras él.
Idaly exhal