Elara permanecía en la habitación de Luna Syrah, con el rostro desencajado, los ojos vidriosos y las manos temblorosas.
La tensión en su pecho era insoportable, como si un lobo aullara dentro de su alma, pidiendo respuestas que aún no llegaban.
Luna Syrah la observaba con preocupación creciente, notando cómo la joven se debatía entre el miedo y la impotencia.
—Elara —murmuró Syrah con voz serena mientras se acercaba—, mírame, hija. Respira. Estás a salvo aquí.
La joven loba levantó la mirada len