—¡Salgan todos de aquí! —exclamó Crystol, su voz resonando como un látigo sobre la sala, llenando cada rincón con autoridad y miedo.
A solas, Bea miró a su esposo, sintiendo cómo cada latido de su corazón se mezclaba con el temblor de la habitación. Él se levantó frente a ella, erguido, los músculos tensos, y la miró con ojos feroces, brillantes como brasas encendidas por la traición y la rabia contenida.
—¿Qué crees que haces, Bea? —su voz era un filo cortante que atravesó la atmósfera cargada de tensión.
—¡Yo…! —Bea intentó responder, pero las palabras se le quebraron en la garganta, ahogadas por la culpa y el miedo.
De pronto, un golpe seco la hizo tambalear: Crystol la abofeteó con fuerza. La luna, testigo silenciosa de aquel momento, cayó al suelo, su llanto silencioso resonando en el corazón de Bea.
—¡Lo hago por tu bien y el mío! —gritó Crystol, con la voz quebrada por un intento de justificarse—. Solo queríamos ganar votos, no pensé que fuese tan grave…
Pero la rabia corrió co