—¡Salgan todos de aquí! —exclamó Crystol, su voz resonando como un látigo sobre la sala, llenando cada rincón con autoridad y miedo.
A solas, Bea miró a su esposo, sintiendo cómo cada latido de su corazón se mezclaba con el temblor de la habitación. Él se levantó frente a ella, erguido, los músculos tensos, y la miró con ojos feroces, brillantes como brasas encendidas por la traición y la rabia contenida.
—¿Qué crees que haces, Bea? —su voz era un filo cortante que atravesó la atmósfera cargada