Mahi lo abrazó con fuerza, como si temiera que el viento pudiera llevarlo de vuelta a la muerte.
Sus brazos eran un refugio cálido en medio del caos que había rodeado su vida.
—¡No estás muerto! —exclamó, su voz temblando entre la esperanza y el alivio—. La Diosa Luna hizo el milagro.
Hester sintió un cosquilleo en su cabeza cuando su madre tocó su frente, sus ojos brillaban con un fulgor dorado, como si la luz de la luna misma hubiera descendido sobre ellos.
Pero en un instante, ese fulgor se d