Crystol volvió a su forma humana, sus extremidades temblaban como si cada músculo le pesara toneladas.
La bata dorada que le pusieron apenas cubría la fragilidad de su cuerpo, y aun así, se irguió con esfuerzo, mirando a su hijo con ojos llenos de lágrimas contenidas.
Cada parpadeo parecía costarle una eternidad; su dolor lo atravesaba por dentro, un fuego helado que lo consumía lentamente.
Sintió un mareo, y un líquido oscuro brotó de su boca, un reflejo del tormento que lo devoraba por dentro.