—¡Él no va a escapar! —gritó Elara, con la voz quebrada por la furia y el temblor de un pasado que aún sangraba.
No esperó una orden. No pensó en su embarazo. No pensó en nada más que en detenerlo.
Esla, su loba interior, rugió con una energía salvaje y tomó el control. Sin vacilar, se lanzó a la carrera, con los músculos tensos y el corazón palpitando como si fuera a estallar.
Las sombras de la noche eran atravesadas por el eco de pasos apresurados, gritos de alerta y cadenas rotas. Todo el rei