Elara quería escapar. Cada fibra de su ser se lo suplicaba.
Sus ojos recorrían los árboles que se desdibujaban por la velocidad del carruaje tirado por bestias de guerra, lobos imponentes al servicio de la manada Rosso.
Si pudiera saltar, si tuviera fuerzas... si tan solo Esla, su loba interior, reaccionara.
—Esla… sálvame, por favor… —susurraba en su mente, como una plegaria sin eco.
Pero Esla no respondía. O sí, pero lo hacía con aullidos de dolor, apagados, distantes, como si la estuvieran ap