—¿Por qué hueles a mar… y a hierba? —murmuró Elara.
El mundo le daba vueltas.
Antes de desmayarse, escuchó una voz áspera a la distancia.
—¡Es una Granate! ¡Ahora es nuestra prisionera! —dijo el Alfa Jarek del reino Rosso.
***
Cuando Elara abrió los ojos, el aire olía a metal oxidado y humedad.
Tardó unos segundos en enfocar.
Su cabeza palpitaba como si la hubieran golpeado, y el cuerpo le pesaba.
Estaba recostada en el suelo de piedra, cubierta con un vestido de lana gruesa que no le pertenecía