—¡No es verdad, Su Majestad! —la voz de Bea resonó en la sala como un eco desesperado, cargada de súplica y miedo.
—¡Cállate, Bea! —la cortó el rey con un rugido que heló la sangre de todos los presentes.
Los ojos de Crystol, ardientes como brasas, se clavaron en aquel lobo salvaje que se había atrevido a desafiarle. Su expresión era de furia contenida, de soberanía herida.
—¡Mátenlo! —ordenó sin titubeos.
El hombre fue arrastrado a la fuerza. Gritaba, suplicaba clemencia, imploraba con una voz