El corazón de Elara latía como un tambor desbocado en su pecho.
Cada latido era un grito de miedo, de culpa, de desesperación.
Frente a ella, Jarek se incorporaba del suelo con el rostro desencajado, los músculos tensos, el orgullo herido y la rabia en los ojos.
Ella no podía moverse. Estaba atrapada en ese instante, en el filo de lo irreversible.
Lo había empujado. Lo había desafiado.
Y ahora, esperaba el castigo.
Jarek no dijo nada al principio.
Caminó hacia la toalla con pasos firmes, cada un