Sus lobos rugían por dentro, hambrientos, incapaces de contener la necesidad que los consumía. El aire se volvió denso, cargado de feromonas y deseo salvaje.
Apenas cerraron la puerta, él la tomó con fiereza, empujándola contra la pared como si temiera que alguien los interrumpiera.
Con una mano la sostuvo por la cintura y con la otra echó el cerrojo con violencia, asegurándose de que no hubiera testigos de lo que estaba por desatarse.
La miró a los ojos, jadeante, con ese brillo fiero que mezcl