Elara fue arrastrada por el pasillo de piedra como si fuera una criminal, sus pies descalzos tropezaban, sus muñecas dolían por las esposas sagradas que apagaban su conexión con Esla, su loba interior.
El eco de sus sollozos rebotaba entre las paredes frías, pero los hombres no se detenían, implacables. La trataban como si fuera culpable de una masacre, no como la futura Luna Dorada.
Luna Syrah, al ver cómo se la llevaban, no lo soportó. Su dolor, su furia, la desbordaron.
Un rugido bestial brot