Al día siguiente…
El alba apenas comenzaba a teñir el cielo de tonos suaves cuando Narella abrió los ojos.
Su pecho subía y bajaba con un ritmo sereno, aunque por dentro sentía todo menos calma.
Se levantó en silencio, cubriéndose con la sábana, intentando no despertarlo.
El cuarto olía a él. A deseo, a tormenta, a decisiones imposibles.
Fue al baño y se sumergió bajo el agua caliente, buscando borrar de su piel las emociones, los temblores, las huellas de lo que había pasado la noche anterior.