Alessander y Narella emprendieron su luna de miel con el corazón rebosante de felicidad.
El aire mismo parecía celebrarlos, los días se abrían luminosos y cálidos, como si la naturaleza supiera que dos almas destinadas habían sellado su unión.
Habían elegido Playa Verde, un lugar rodeado de acantilados y arenas claras donde el mar golpeaba con fuerza, pero también con ternura, igual que su amor.
Caminaron descalzos por la arena húmeda, dejando huellas que las olas iban borrando poco a poco, como