Una semana después, Hester y su padre regresaron con el ejército, las banderas ondeando al viento y el retumbar de los cascos resonando por el valle.
Luna reina los observó desde la colina, los labios curvados en una sonrisa que escondía un volcán de rabia interior.
Cada fibra de su ser hervía de indignación, pero su rostro permanecía sereno, calculador.
Todo estaba planeado; cada movimiento, cada gesto, cada palabra contada con precisión milimétrica. No podía permitirse que nadie percibiera el