Hester permaneció de pie, con los puños y la mandíbula apretados, como si todo su cuerpo fuera un bloque de piedra a punto de resquebrajarse. Sentía un nudo en la garganta, seco, doloroso, que le impedía respirar con calma.
Era el peso de una verdad que lo aterraba más que el filo de cualquier espada, más que el rugido de un ejército enemigo: su propio padre había ordenado su muerte.
La revelación ardía en su pecho como una herida invisible.
Por un momento pensó que quizá había escuchado mal, qu