Lejos de ahí, entre las sombras del bosque aún teñido por la luz de la luna, Esla corría junto a su manada.
Sus patas golpeaban con fuerza la tierra húmeda, su pelaje dorado brillaba como si un fuego interior la impulsara a no detenerse jamás.
El viento silbaba en sus oídos, las ramas crujían a su paso, y el aliento entrecortado de los otros lobos la envolvía… pero de pronto, algo la atravesó por dentro.
Un estremecimiento.
Un aullido que no venía del bosque… sino del alma.
Esla se detuvo en sec