EMELY.
Subí las escaleras con los biberones apretados contra el pecho, sintiendo que el peso de las palabras de Sebastián me hundía los hombros. Antes de llegar a la puerta de la habitación, el llanto de mis hijos me golpeó los oídos. Era un sonido agudo, desesperado, de esos que te revuelven el instinto. Entré rápido y encontré a Selene meciendo la cuna de los gemelos, con el rostro cansado pero alerta.
—Al fin llegas, Emely. Tienen un hambre voraz hoy —dijo Selene, pasándose una mano por el c