EMELY.
El agua desbordó la tina en cuanto nuestros cuerpos chocaron contra el fondo de madera. Olivar no perdió el tiempo con delicadezas; me sentó sobre su regazo, obligándome a horcajadas mientras sus manos grandes y callosas se cerraban sobre mis nalgas con una fuerza que me hizo jadear. El vapor nos rodeaba, pero el calor que emanaba de su piel era mucho más intenso.
—Mírame, Emely —me ordenó con una voz que era puro instinto—. Quiero ver tus ojos mientras te hago mía. Quiero que sepas que