EMELY.
Afuera, el motor se apagó. El estruendo del silencio que siguió fue casi doloroso. Sabía que él ya estaba allí, que sus pies estaban tocando la tierra de casa y que su lobo seguramente ya estaba rastreando mi aroma desde el jardín. Había cruzado el mundo, había subido a la cima del infierno helado y estaba de regreso.
—Olivar... —susurré, mientras las lágrimas que había estado conteniendo durante días empezaban a resbalar por mis mejillas.
La puerta principal se abrió con un golpe seco,