EMELY.
Olivar estaba sentado en el borde de la cama, con los hombros cargados. Me acerqué y empecé a masajearle la espalda, hundiendo mis dedos en la tensión de sus músculos. Él soltó un suspiro largo y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi abdomen.
—Lo que hiciste hoy con esa llamada... me dejó sin palabras —dijo Olivar con voz ronca—. Nunca vi a nadie desarmar a una madre loba con esa frialdad y lógica. Me ahorraste un error de orgullo.
—No fue por orgullo, Olivar —respondí, sin dejar