OLIVAR.
El frío de la noche me golpeaba la cara mientras subíamos la ladera de la montaña. Magnus y Garino iban a mi lado, moviéndose con esa agilidad silenciosa que solo nuestra especie posee. Recibimos el aviso hace poco: un centinela herido y una brecha en el perímetro norte.
—¿Cómo está el chico? —pregunté, refiriéndome al lobo herido.
—Estable, pero el ataque fue rápido —respondió Garino, sin dejar de rastrear el terreno—. No vinieron a matar, vinieron a probar nuestra respuesta.
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