OLIVAR.
No eran los ojos marrones que recordaba. Tampoco eran los ojos amarillos de un lobo común. Sus ojos eran de un plateado líquido, brillante, con vetas de un rojo intenso que giraban alrededor de su pupila como lava. Era la mirada del Gama, una mirada que no pedía permiso para existir, que simplemente devoraba todo lo que tenía enfrente.
Su cuerpo dejó de arquearse y se quedó rígida sobre la cama. Por un segundo, el silencio fue absoluto. El monitor fetal dio un último pitido largo y lueg