OLIVAR.
El despacho olía a madera vieja, humo de cigarro y al aroma punzante del whisky barato que me quemaba la garganta. No era suficiente para apagar el ruido de mi cabeza, pero ayudaba a tolerar a los buitres que tenía sentados frente a mí.
Sostuve el vaso con fuerza, observando el ámbar del líquido mientras les informé, con una frialdad que no sentía, que Emely estaba desconectada; que su vida pendía de un hilo que ya no era humano.
—Es una tragedia, Oliver —soltó Malphas, recostándose en